Este blog empie…

Este blog empieza con un silencio, el silencio que dejó una voz que nunca pude grabar. De esta voz, solo escuché unas grabaciones malas, entremezcladas con cantos de pájaros y gritos de monte, hechas por la guerrilla colombiana de las Farc. La llamaban pruebas de vida, eran pruebas de guerra. Es la voz de Elkin Hernández Rivas, policía secuestrado durante 13 años antes de ser abatido hace unos pocos días por el grupo armado que lo tenía (en la selva) preso.

Pasamos un año filmando a su familia, fue hace 5.  Tratando de entender como se vivía una ausencia tan larga. Digo “filmando” y no es verdad. Compartimos un poco más. Hubo cumpleaños, Navidad y Año Nuevo, muchas misas y plegarias para su libertad, marchas. Hubo también tardes de lluvia, solo hablando, para distraernos de la tristeza, con su madre Magdalena, su padre Silvio, sus hermanas y sobrinos. Era una de las familias más entregadas a esta causa: la liberación de los secuestrados colombianos, no solo Elkin.

No era fácil estar ahí cuando solo se hablaba de una secuestrada: Ingrid Betancourt. A uno le decían: ¿pero por qué Elkin Hernández Rivas, si no es tan conocido? Justamente por eso. Éramos franceses, y nuestro país se preocupaba ante todo por Ingrid y su familia. Suena duro, pero es cierto. Entonces, “tocaba” Elkin. No había de otra. Hablar de él era hablar de los demás.

Pasamos un año compartiendo esperanzas y penas. De hecho, fue más de un año. Después, seguimos viéndonos, yendo a más marchas, más fiestas sin Elkin en esta casa de rejas verdes y escaleras estrechas donde vive su familia. Vinieron a la nuestra. No está bien, ¿cierto? Mantener la distancia, dice el “manual” de periodismo (¿que no lo hay?). Así que Elkin estaba en nuestras mentes, en todas las navidades, todos los años nuevos que seguían pasando sin que nada pasara.

El sábado 26 de noviembre recibimos una llamada de un amigo. Dijo: “secuestrados, uniformados, muertos”. Dentro estaba Elkin. Abatido por la guerrilla. No era el primer muerto nuestro de esta guerra, pero dolió. Fuera de Colombia, nadie entiende por qué los tenían las Farc, mucho menos por qué nadie negoció su liberación. Pero lo más importante no es eso, sino que el hijo de Magdalena no va a volver. El pequeño que su hermana Margarita consintió cuando era bebé, ya no está. El compinche, el amigo esperado durante tantos años no va a dar ni recibir más abrazos. No más voces, sino silencio. Todos los muertos de este conflicto deberían doler así.

Despedimos a Elkin vuelto cajón, vuelto bandera en la catedral de Bogotá, entre dos bayonetas alzadas, con música militar. Hasta en la muerte les perteneció a ellos, a los que tienen armas, sean quienes sean. Hubo un vuelo de palomas en la Plaza Bolívar ya engalanada para la Navidad, de esas palomas que fueron las únicas en acompañar durante años a las madres de secuestrados que ahí pedían por sus hijos cada martes. Llegaron todos, Silvio, Magdalena, Paola, y Margarita, amiga, que repetía “pasó de verdad, pasó de verdad” sin poder parar. Pasó lo que esta familia temía desde siempre. Un cajón y una bandera. El silencio después del silencio. Ya son de hecho muchas palabras para un silencio. Ahora podrán gritar y bien duro los recién, y menos recién “indignados de Colombia”. Faltan muchas más voces para llenar este silencio.

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