Un solo sonido

credito:fotolencias 2013

foto:Fotolencias

Varias veces quise ponerlo aquí, varias veces retrocedí. Es como un ritual: saco el archivo de sonido, lo abro, lo empiezo a subir, estoy a punto de hacer “Enter” para ponerlo en la página, y me acobardo. Pienso: se imaginarán que estoy loca, dirán que no se debe hacer, que ya no más con los llantos, que de nada sirve. Cierro la página, guardo otra vez el archivo en la carpeta, y me levanto del escritorio. A veces te pregunto: “crees que puedo?” Me dices que sí. Te doy todos los argumentos para no hacerlo. Me dices “entonces, no lo hagas!”. Dejo pasar varias semanas, y vuelvo y hago lo mismo.  El sonido queda encerrado con mi vergüenza y las imágenes que lo acompañan. Es una mañana lluviosa-aquí siempre llueve, me advirtieron- ya son casi las 7. Se está despertando  el campo de desplazados de El Diviso, en Nariño, sur de Colombia, donde llegaron poco antes unos indígenas Awás, huyendo de una masacre. Grabo sonidos. Primero se escucharon los gallos y las gallinas, los pájaros poco antes del amanecer, después los ruidos familiares de la cocina comunitaria: golpes para ablandar la carne, roces de cuchara revolviendo el maní en una paila gigante, cuchicheos en un idioma que no entiendo. Poco a poco van a entrar otros sonidos: las puertas, los primeros saludos en voz alta, el chapoteo del agua del lado de los sanitarios. Camino entre ruidos con la grabadora prendida: todo tiene sentido, la vida despierta, el sonido va aumentando. Escucho ahora conversaciones enteras en este idioma Awa pit que sigo sin entender  y que a veces es golpe, a veces canto, a veces silbido. No cierro los ojos, porque parecería muy raro, pero es como si lo hiciera. Sonrío mirando las oscilaciones de la intensidad del sonido en la pantalla, levanto de vez en cuando la mirada para saludar, no tropezarme con las piedras del camino ni los dos escalones que llevan al gigantesco dormitorio donde ya casi nadie está durmiendo. Todo está bien. Sin embargo, por la puerta entreabierta, salen unos gemidos. Hay un niño en un colchón. Su cuerpo se arquea. Pedalea en el aire, tapándose los oídos con las dos manos. Sus pies, al caer, golpean el piso. Debe doler, pero no lo siente. Su padre, semi-desnudo, un pequeño radio colgado del cuello, entra y sale sin saber qué hacer para calmar a su muchacho. Los demás no miran, hacen como si nada, o como si estuvieran acostumbrados a ver esta escena una mañana tras otra desde que llegaron a este lugar. Sólo se escucha la voz de una mujer “traigan agua”. No sé si está bien estar aquí con una grabadora prendida, no creo. Menos aún si está bien contarlo ahora.Es mejor alejarse un poco, volver a bajar los escalones del dormitorio hacia afuera, pero abrieron la puerta y desde ahí se puede ver, y sobre todo escuchar. El niño se voltea de un lado a otro, diciendo “no, no, no”,  las manos aplastando sus orejas, un gesto de dolor en el rostro. Buscan a una de las enfermeras del lugar. Entra y se encarga. Mientras tanto vuelve a mi mente algo que contó el padre el día anterior. Cuando llegaron los uniformados a su casa -dijo así “uniformados”- cogieron al hijo mayor, hermano de este niño que grita, lo ataron y le cortaron una oreja. Según ellos era un traidor: había escuchado cosas, y las había contado al ejército. “Mi otro niño y mi hija vieron”, dijo el padre. El grande ahora está desaparecido. “Entonces las orejas”, pienso. Y en mi cabeza hago “no, no, no”. Y los pies del niño siguen dando golpes en el aire, en el piso. Hace mucho tiempo que el niño se calmó. Espero, sin creerlo del todo, que creció jugando a orillas de un río, bajo los arboles de la selva. Espero que olvidó: apenas tenía 7 años. Pero el sonido sigue ahí. Cada vez que lo escucho o lo recuerdo, pienso que no lo puedo compartir porque suena exageradamente doloroso, y este dolor exagerado no nos enseña nada. Y a veces pienso todo lo contrario: nada es exagerado para describir la violencia y hacernos sentir la suficiente vergüenza para que dejemos de justificarla. Pienso también: porque tanta sutileza donde no hubo nada de esto sino machete, moto sierra, balas y olvido. No me decido, y no me decido tampoco sobre eso de la memoria. Es cierto que uno no puede quedarse eternamente en el duelo. Pero hay que pasar por ahí. Es posible que valgan más las explicaciones históricas que la memoria emocional de las cosas para evitar que se repitan, pero quizás un solo niño nos pueda volver pacifista. Escribiendo este texto, estaba convencida que les pondría el sonido y por lo tanto me podría deshacer de mis dudas. Pero no. Empezando todo -este blog de rating azaroso, la exposición- creía que iba a tener las ideas claras, una postura firme, algunas certezas. Tampoco.  Entonces iré a volar cometas porque pronto llega agosto, y es lo que se hace en Colombia en agosto cada año y dejaré que todo se disuelva en el aire. Ah, y les pondré el sonido del maní en la paila, porque sé que esto despertó su curiosidad. Aquí viene:

Y si quieren auténtica poesía visual visiten: http://fotolencias.blogspot.com

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